Miércoles, 06 Abril 2016 06:21

Felicidad a la siciliana

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Recorrí Sicilia desde Pachino hasta Agrigento : Me devolví porque tocaba. Sicilia es una de esas puntas del mundo a las que basta cualquier pretexto para ir. En mi caso más que un pretexto, tuve en realidad una razón; la más importante de todas, seguramente: el corazón.

*(Obviamente se trata de una razón tridimensional, con nombre y apellido. En caso de que la curiosidad sea mucha, las memorias del viaje están en mi cuenta de Instagram, a donde los invito a dar una vueltica más tarde haciendo click aquí: www.instagram.com/sylviarcoaching).

Volviendo al título de este artículo, resulta que acabo de tener 20 días para ver (y, esencialmente, para vivir) el sentido mediterráneo de la felicidad. Con todo y lo raquítico de mi italiano (me pasa como a las señoritas de los reinados de belleza cuando les preguntan si hablan inglés: “lo entiendo pero no lo hablo”); a pesar de ese detalle logístico con la lengua, tuve la dicha de conversar con varios personajes y de cada uno iba aprendiendo algo. Y así, por cuanto durante mi estadía la aguja de la felicidad se me movió fuertemente –hacia arriba, claro-, al cabo de esos 20 días junté las siguientes expresiones que resumen cómo funciona la felicidad a la siciliana:

 

  • “Tutto a posto, niente in regola”

Todo en su sitio, nada en regla”: viviendo bajo esta premisa vi a muchas personas sinceramente sonrientes. Las jornadas de trabajo de mis contertulios no excedían en ningún caso las cinco horas (por inapelable decisión propia). Claro: nadie parecía estar muy empeñado en amasar grandes fortunas. Al contrario, todo el tiempo tuve la sensación –agradabilísima, por cierto- de que la felicidad no está en poseer cosas sino en algo más interesante y mucho más esquivo para el oficinista occidental promedio: para los sicilianos, ser feliz es mandar sobre su propio tiempo. Y sí. Aunque era evidente que el dinero no sobraba (pero tampoco faltaba), para mí era todavía más notorio que cada persona estaba haciendo con su vida lo que quería: acompañar a los hijos en casa después del colegio; dar paseos diarios (¡diarios!) de una hora y media en bicicleta por caminitos costeros con una vista preciosa (recordemos que Sicilia está convenientemente ubicada al extremo sur de Italia); diseñar con calma el menú del almuerzo del día siguiente con los sobrinos; ver el reality show de solteros buscando pareja en la RAI… Y es tan cierto que cada cual encuentra el modo de hacer lo que quiere, que hasta el comercio se rige por esos rituales domésticos: en Sicilia tiene más rebaja un pan de cincuenta centavos que la siesta diaria. Entre la 1:00 p.m. y las 4:00 p.m. era absolutamente imposible encontrar un negocio abierto (lo sufrí en carne propia). En términos de felicidad intuyo que con las baterías recargadas luego del almuerzo (un almuerzo riquísimo, obviamente), cualquier problema tiene que volverse más abordable. En fin, para poder disfrutar a plenitud la experiencia de encontrarse allá, la clave está en no tratar de interpretar la realidad de la isla con la lógica capitalista tradicional: en el mediterráneo el tiempo no es dinero. El tiempo es un regalo que se comparte alegremente en familia o en actividades placenteras. Punto.

  • A mí no me interesa”: limitar cierta información en defensa de la felicidad personal

Creo que esto de que "A mí no me interesa" fue la frase que más oí durante las visitas familiares del viaje. Aunque oí argumentos encarnizados sobre cómo se prepara tal receta o tal otra y presencié debates acalorados sobre cuándo fue la última vez que vino de visita el primo Fulano, a la vez me encontré con una cosa interesantísima: cuando se trataba de la vida privada de la gente (con quién sale aquella; a qué horas llega a casa el otro; qué hace ahora la expareja, etc.), la respuesta era la misma y en verdad muy contundente: “A mí no me interesa”. Y es cierto que cuando las cosas escapan al control personal (porque uno puede controlar cuánta sal pone a su ragú de carne pero no de quién se enamora su hija divorciada, por ejemplo), los sicilianos con quienes interactué prefieren no saber más de la cuenta, lo cual es bastante sorprendente dada la rigidez de algunas costumbres familiares que se respiran todo el tiempo en el ambiente. Por razones elementales de respeto, no nos corresponde entrar a juzgar si la decisión de omitir información para no sufrir es una práctica conveniente o inconveniente (al respecto prometo otro artículo o incluso un libro porque es un tema grande); lo cierto es que eso fue lo que vi durante el viaje y parece funcionarles.

  • De olivos y de templos

Los olivos son los patriarcas naturales de la historia, como vi en una inscripción a los pies de un árbol centenario en el Valle de los Templos en Agrigento. Están por todas partes y hacen parte de la identidad siciliana: crecen en terrenos áridos (mil veces recordé la aridez majestuosa de mi natal Santander y tal vez por eso me sentía todo el tiempo jugando de local); sus hojas anuncian la primavera; representan la buena fortuna y entre más viejitos son, más ricas sus aceitunas. Cuando la casa da para tener un solar, la nómina vegetal se compone de árboles de olivo y de limón amarillo, entre otras bellezas de enredaderas y de plantas con flores. Así me pasó en Taormina y les puedo contar que tomar el café de la mañana junto a la ventana que da a un jardín así, hace que todo comience a tener un sentido distinto; sorber, mirar y respirar se sentía como una terapia de incorporación (quizás a eso de tener sus propios árboles serios es que se refieren en parte los papás cuando nos dicen que es hora de echar raíces… pero no vamos a distraernos con esas conjeturas del corazón ahora). Por otro lado, con una frecuencia que en proporción es casi equivalente a la cantidad de olivos, en Sicilia hay iglesias. Por supuesto, para ser feliz no hace falta creer en algún dios en particular y menos hace falta hacer parte de una iglesia pero, en cambio, sí es prácticamente indispensable tener una vida espiritual robusta (a partir de lo que funcione para cada quien). Más allá de la majestuosidad de los templos (paganos y cristianos, todos bellísimos –no vi de otras religiones), lo emocionante es la fuerza de la fe de la gente: la fe en el poder del amor; la fe en Dios; la fe en la energía de la llegada del verano. Independientemente de la creencia de cada cual, era sobrecogedor ver cómo en cada conversación aparecía una razón de peso para creer que pronto todo estaría mejor. Ser capaz de tener la convicción de que todo estará bien se llama optimismo y es una habilidad. Y la buena noticia es que se puede aprender a ser así. Y conviene aprenderlo, porque ahí sí que hay felicidad.

  • “Qui, in Sicilia, la dieta non si fa”

Aquí en Sicilia no se hace dieta”… y nadie tiene problemas serios de sobrepeso. Antipasto, primer plato, segundo plato, fruta, postre, limoncello (licor de limón absolutamente enganchador) o café.  Todo en una sola sentada. El vino de la casa es transversal a toda la lidia gastronómica y la etiqueta de “Vino de la casa” nunca había sido tan literal para mí: en este caso el que tomábamos venía de los viñedos de la familia. Querer comprar un bizcochito de almendras por unidad era la herejía máxima porque los dulces (bocconcini, colas de langosta –pasteles de hojaldre rellenos de ricotta, chocolate o crema-, biscotti di mandorla o de pistacchio, milhojas, tartas de manzana –mejor no repaso más la lista porque cierro esta página y me voy a Google a buscar otro pasaje para volver); los dulces no se compran (ni se comen) por unidad sino por kilos. No vi a ninguno haciendo dieta. No vi ni un anuncio (ni uno) de cirugías plásticas (pero recuerden que estaba en las ciudades pequeñas de Sicilia, no en Milán). Eso sí, a nadie le da pereza caminar y lo de los paseos de una o dos horas en bicicleta es en serio. Pero como estamos hablando de felicidad, en este punto no quiero dejar la sensación –equivocada- de que la felicidad a la siciliana se explica a partir de los excesos (ni más faltaba; sería una cosa insostenible). La felicidad relacionada con la comida comienza a la hora de conseguir los ingredientes, que muchas (muchísimas) veces salen del patio de la casa (yo no sé ustedes pero yo nunca había comido una aceituna que no hubiera salido de un frasco y allá comía de las del solar de la casa) y continúa a la hora de preparar los platos, que es un procedimiento que se toma tan en serio que casi equivale a una meditación activa. La felicidad a manteles se dispara al ver cómo cada comensal va entrando en trance y termina con una mirada sincera de agradecimiento al cocinero (o a la escuadra de cocineros, mamá incluida) en el punto del café. Aunque disfruté a rabiar cada comida, sólo fui realmente consciente de todo este trajín culinario cuando en el vuelo de regreso abría un paquete de galletas y noté que durante 20 días tomé únicamente agua, leche de almendras y vino. Sólo había tomado una vez Coca-Cola (una noche, con un sándwich que me intoxicó, a propósito) y no había comido nada que saliera de un paquete y menos de una lata. Eso sí es felicidad.

  • “Todos necesitamos ayuda; todos somos humanos”

Cuando una tarde nuestro carro se quedó enterradísimo en la arena de una playa y entendimos que estábamos metidos en un lío, buscamos ayuda en una casa cercana y apareció un señor de unos 38 años, alto, de piel trigueña y con una sonrisa que se mantuvo hasta el fin de la aventura. Por ayudarnos el señor dejó lo que estaba haciendo. Trajo su carro hasta la playa e intentando remolcar el nuestro quedó igualmente enterrado. Trajo sus herramientas. Con una pala nos ayudó a cavar en la arena para poder subir el carro a un gato. Consiguió unas tablas y unas piedras y las puso debajo de las llantas para que pudiéramos salir. Y cuando el experimento resultaba mal, sonreía y decía “Así sea a la media noche pero de aquí vamos a salir”. Y en esas estuvo desde las 5:00 p.m. hasta las 8:00 p.m. Por el camino supimos que se llama Ibrahim, que es tunecino, que trabaja recogiendo frutas en el campo y que su familia en Túnez esperaba su llamada diaria a las 7:00 p.m. Ibrahim interrumpió sus cosas, faltó a su cita telefónica y puso toda su fuerza y su empeño en sacar a unos extraños de un problema que no era suyo. Al final no sabíamos cómo agradecerle ni cómo decirle que nos aceptara por lo menos algo de dinero… Y ahí vino la lección de cierre: con una sonrisa cansada pero honesta y moviendo las manos rechazó categóricamente el ofrecimiento.        “Al contrario, me gustaría que vengan mi casa para que tomen un té y una arancina [una croqueta de papa riquísima que comíamos todos los días]; tienen que tener mucha hambre”. Y como si ese despliegue de generosidad fuera poco, agregó “Y en serio no se preocupen: todos necesitamos ayuda de vez en cuando… todos somos humanos”. Aunque nosotros nos sentíamos agradecidos y felices, sin duda la felicidad grande fue para Ibrahim. Curiosamente –prodigiosamente- el premio gordo de la lotería de la vida consiste en poder hacer algo por alguien más sin esperar nada a cambio, como Ibrahim al sacarnos del atasco; como las mamás al ofrecer los banquetes en sus casas; como el panadero que me regalaba bizcochitos de almendras sólo por ir a la panadería, así no comprara mayor cosa. Este es el resumen de las 20 jornadas en las que, de la mano de Angelo Raffaele (la razón amorosa de este viaje), viví la felicidad a la siciliana: voluptuosa, apasionada, al tiempo desenfadada y junto al mar. De no olvidar.

Conferenciante empresarial de Felicidad y Personal Branding Coach Ejecutivo – Coach Personal @SylviaRcoaching 

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