Domingo, 27 Octubre 2019 14:17

Y sin embargo no somos un país de mierda

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Como si nos hubieran metido la cabeza dentro de un tanque vacío y como si desde afuera lo golpearan al tiempo con mil cucharas: ese ha sido el estado emocional de muchos colombianos durante las horas y los días siguientes a la tragedia del pasado jueves.

El dolor nos tiene invadidos los corazones y -por supuesto- las redes sociales, que son una extensión de nuestras vísceras. La exclamación que más he leído es “País de mierda” (si tiene un minuto, vaya a Twitter y haga la prueba de escribir eso y verá los kilómetros de publicaciones).

Y aun cuando lanzar esa exclamación no sólo es comprensible sino que es legítimo a causa de tanto horror, con mucho respeto y con muchísima urgencia le escribo para pedirle que no se deje convencer de que lo somos. Es difícil, sí, porque las lágrimas por las muertes de hace tres días todavía ruedan por las mejillas (sin contar las de la tragedia de nuestros líderes desaparecidos y las de las muertes que nos ha costado el silencio que necesita la corrupción).

Justamente porque estar malheridos nos pone en un momento decisivo, precisamente porque el panorama es tan desolador, es que nos toca ser mil veces más valientes. Es en estas horas cuando necesitamos avivar el coraje para ser capaces de trascender; de alzar la mirada y ver todas las otras cosas que al tiempo con el drama de la violencia, también están pasando aquí. Porque si aceptamos que somos un país de mierda (no obstante la mierda), nos condenaremos a serlo para siempre. Y nos condenaremos porque la rendición de las almas es la verdadera derrota. Y a partir de ahí ya no habrá futuro.

Por lo tanto, y porque “Colombia” se llama el lugar de la tierra donde respiramos por primera vez; donde sonreímos por primera vez. Porque es en este suelo donde muchos de nosotros hemos sembrado nuestros sueños. Porque los que se han ido a otros países, exportando su encanto, llevan bien grande en la nuca un “Hecho en Colombia” tatuado. Porque nuestro país ha sido la Tierra Prometida de muchos extranjeros que al venir encontraron –por fin- un sentido especial a su existencia y se quedaron. Por esto, para empezar, es que ahora mismo no podemos rendirnos ni mandar todo al carajo.

Porque a las 9:32 de la mañana del jueves 17 de enero, la hora fatal de la explosión, en otra parte de la misma ciudad salía también de su casa emprendedor que con esfuerzo reunió lo de mandar timbrar mil tarjetas de presentación para ir a la feria de networking con sus sueños de empresa en una mochila. Porque a esa misma hora un estudiante estaba merendando plátano con agua de panela, no porque le guste, sino porque con lo que ha aprendido en la facultad sabe que invertir en plátanos los tres pesos que tiene para comer es más inteligente que invertirlos en pan porque el potasio le alimenta más y la cuestión ahora es aguantar y aprender todo lo que pueda para un día ser alguien. Porque a esa misma hora había un científico haciendo ciencia con las uñas en el laboratorio desvencijado de su universidad, pero con más ganas de resolver los problemas de la gente que de quejarse por lo que debería haber y no hay.

Porque esa mañana hacía sol y un niño millonario y un niño pobre salieron al tiempo a entrenar sin estar pensando en toda la plata que le sobra a su padre ni en la muchísima que le falta a su madre sino pensando, ambos, mientras entrenan con el corazón a todo lo que les da, que un día quisieran ser como nuestra Caterine Ibargüen, como James o como la gran Mariana Pajón. Porque a las 9:32 a.m. de este jueves negro un joven escritor garabateaba sus primeros versos flojos en la biblioteca de su colegio o debajo del lavadero de la casa para que no lo regañen por perder el tiempo en bobadas. Porque Colombia es un moño de muchas cintas que se va trenzando al mismo tiempo, no podemos rendirnos ahora ni mandar todo al carajo.

Es que sí, todo eso tenía lugar a la vez: el horror y los sueños. Por eso es que sería tan miope creernos ninguna etiqueta. Ni la de “paraíso” ni la de “infierno”. Somos Colombia. Estamos siendo el país que podemos.

Hoy domingo, por ejemplo, está convocada una marcha a las 9:00 a.m. en todas las plazas del país. Si puede ir, sería muy bueno porque es una señal muy contundente. Pero si no puede, no es grave. Hay mucho que también podemos hacer para contribuir al mismo resultado que al final todos buscamos.

Sé que la propuesta podrá parecerle infantil pero igual se la hago porque cuando uno es una persona del común (como usted y como yo), que no tiene cómo dictar la siguiente política pública ni tiene modo de proponer el nuevo modelo macroeconómico del país ni nada de esas cosas grandes, se equivoca (y en materia grave) si cree que la paz no es asunto suyo. Hay mucho que podemos hacer.

Lo primero será ponernos de acuerdo en lo fundamental: esto que estamos atravesando no es un desierto de arena. Es un desierto de mierda. Y ahí no nos podemos quedar. Pero también tenga presente que esto es algo que nos está pasando; no es algo que seamos. Los colombianos detrás de nuestra desgracia de hoy son muchos, quizás miles, pero los colombianos que, aunque imperfectos, vamos pedaleando con buena intención detrás de nuestros sueños, somos millones. Necesitamos comenzar por distinguir entre “miles” y “millones” para no perder la fe por cuenta de la rabia.

Porque cuando uno tiene rabia en el corazón sólo alcanza a maldecir la mierda que pisa pero, en cambio, cuando uno se resuelve heroicamente a no permitir que lo que hagan los demás determine qué sentimientos tendrá uno en el alma, se dará cuenta, por ejemplo, de que el estiércol es el mejor fertilizante del mundo y que aunque tengamos lágrimas en los ojos, lo que tenemos que hacer ahorita mismo (sin perder ni un minuto, ninguna oportunidad), es sembrar todas las semillas de amor, de vida y de esperanza que podamos. Eso será equivalente a tomar las armas.

¡Claro que tenemos que alzarnos en armas! Tenemos que alzar las guitarras, las voces, los azadones, las cámaras, los libros, los pinceles, los fonendoscopios, las picas, las palas, los mostradores de nuestras tiendas, las cintas métricas de las modistas, los teclados de los computadores, los compases de los ingenieros, ¡lo que tengamos a mano!

Tenemos que infundir en nuestros hijos un sentido sagrado de la vida y de la dignidad del prójimo. Nos urge enseñarles que ser ventajoso (aprovechado) no es ninguna habilidad de supervivencia. Que, al contrario, eso es una vergüenza. Necesitamos comprender -y ayudar a los más pequeños a comprender- que cuanto más dinero, más educación y más privilegios tenga uno, mayor es el compromiso de promover ese bienestar para los demás. Es que en la cinta de la corona que sostiene el cóndor de nuestro escudo nacional no dice “Sálvese quien pueda”. Colombia no es una tierra de nadie. Tenemos que volver a ser capaces de sentir los latidos del corazón del otro para poder comprender que es imposible que yo esté bien si la persona que está a mi lado se encuentra mal. A la larga, en eso es que consiste ser colombiano. Ser un humano que vive su vida en una patria mundial.

Sí nos mataron y nos hirieron 89 compatriotas y sin embargo tenemos que bracear durísimo para no permitir que junto con ellos se nos haya muerto el alma. Porque el hecho de que usted esté aquí, con vida, es una señal en clave morse del universo que nos dice que todavía hay algo que hacer. Porque si comenzamos a revertir la tendencia del odio desde ahora, aunque seguramente nosotros no alcanzaremos a vivir para presenciarlo, el día llegará en que un colombiano de otra generación, con nuevas ideas en su mente y brillo en la mirada, sonría y diga orgulloso: “Yo no elegí nacer en Colombia. Sencillamente tuve suerte”.

Por: Sylvia Ramírez Rueda Conferenciante internacional de Felicidad y Personal Branding Coach Ejecutivo – Coach Personal Autora de “Felicidad a prueba de oficinas” (Ed. Planeta, 2017)

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