Felicidad

Felicidad (53)

 Cuando se reúna la junta directiva de su cerebro, no lo dude: vote por usted. Para presidente; para secretario; para decidir sobre el presupuesto; elíjase para todo. Contratar a otro para que haga de usted, por buen actor que sea, es malgastar su talento: El Elegido; el que lo va a llevar adonde sea que quede su Tierra Prometida sólo puede ser usted. Bueno, usted, acompañado de su fe (en Dios; en la Evolución; en sí mismo; en el horóscopo chino; en lo que desde su experiencia íntima se le figure más serio creer).

Piense en su manía más vergonzante. Ubíquela. Recréela en su cabeza. Ahora piense qué le ruborizaría más: ser pillado en el clímax de la ejecución de su [deliciosa] maña o ser sorprendido con unos parlantes conectados a su cerebro que amplificaran (¡sin editar!) lo que piensa de las cosas cuando le pasan. Difícil, ¿no?

 

El único escenario donde tiene sentido apagar todos los filtros, entregarse al encanto de las apariencias y no tratar de entender el truco, es el espectáculo de un mago. Para el resto de los episodios de su vida le irá mejor si se mantiene dentro de lo que llamaremos aquí un “Nivel de duda razonable”. Comenzando por los generosos diálogos internos que transcurren en su propia cabeza.

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Lo grandioso es grandioso porque usted así lo declare

Todo depende de lo que vamos a entender por “gran”. No podemos seguir haciéndonos el mal de creer que para que algo sea ‘grandioso’, tiene que ser ‘perfecto’. Pensar así sólo conseguirá que la felicidad sea un espectáculo que continuaremos mirando desde la ventana, como ese al que no le alcanzó para pagar el boleto de entrada al show. Esta vez hagamos las cosas al derecho: aceptemos que, muchísimas veces, menos, es más.

Todos estamos conectados Si la vida funcionara como las transacciones de la bolsa de valores, donde para recibir una cosa hay que entregar a cambio otra, ninguno de nosotros habría vivido la mitad de todas las escenas lindas que ha protagonizado, ¿o sí? Veamos: ¿prepagó la gentileza de ese extraño?, ¿remó muy duro para que los colores del atardecer tuvieran ese tono ámbar tan fotogénico?, ¿pasó muchas noches sin dormir para que a ese humano irresistible le pusieran esos ojazos con los que lo mira? Y, a pesar de que todas esas bellezas pasan –y pasarán- sin nuestra intervención, cuando las estamos disfrutando y no nos cabe más alegría en el pecho, el cerebro (en su afán de sellar cualquier rendija por donde se pueda colar el sufrimiento), interrumpe el trance mágico en el que estamos con la pregunta más floja (y más arruinadora de momentos) que podemos hacernos alguna vez: “¿Con cuánto dolor voy a pagar luego por todo esto tan bueno?”.

 

Cuando algo (o alguien), por fascinante que sea, se mantiene en la categoría de “enloquecedor”, “delicioso” (o como prefiera llamarlo) pero usted impide que adquiera estatus de “indispensable”, una sonrisita de seguridad se dibujará automáticamente en su rostro. Ya que hay cosas frente a las cuales no vale la pena desgastarse tratando de entender su por qué sino que basta con entender cómo son, esta reflexión es crucial para su felicidad: por alguna causa, mientras algo le importe demasiado, no le va a pasar o no va a durar. La vida suele apartarnos de lo que creemos imprescindible. Por eso es que a veces nos ocurren cosas positivas y nos decimos “Ah: ¡si esto me hubiera pasado hace 10 años, cuando tanto lo soñaba!”. Eureka: si le hubiera pasado hace 10 años, cuando tanto lo soñaba, con seguridad se habría enganchado.

Viernes, 09 Diciembre 2016 08:57

A caballo regalado... ¡SÍ se le mira el colmillo!

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Sylvia Ramírez, Life Coach, PNL, Personal Branding, conferencia de felicidad, conferencia de motivación, Diseño de Marca Personal, Asesoría de Imagen, Bogotá, Colombia, Felicidad, Felicidad en las Empresas, Empresas Felices, Speaker, Conferencista, Conferenciante, Endomarketing, Coach de Felicidad

Aunque tenga mucha necesidad, si no es lo que quiero, ¡no va! Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que acudir a un refrán me haya servido de algo. Casi todos traen una trampa encubierta: con la buena intención de ahorrarnos un mal terminan causando un agravio mayor. Y este no es la excepción: “A caballo regalado no se le mira el colmillo”. Por caridad, ¡míreselo siempre!, ¡siempre! Míreselo con lupa, especialmente, a la hora de establecerse con alguien. Note que no dije “A la hora de amar sino de establecerse; de comprometerse. Usted ame a quien le plazca, que justo en lo irrefrenable del sentimiento está el encanto pero, eso sí, no firme nada si no se trata de un buen caballo.

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