De manera independiente a las convicciones religiosas (o a la ausencia de las mismas) en cada uno de nosotros, la Felicidad sí encuentra en la vida espiritual un componente determinante.

Todos estamos conectados Si la vida funcionara como las transacciones de la bolsa de valores, donde para recibir una cosa hay que entregar a cambio otra, ninguno de nosotros habría vivido la mitad de todas las escenas lindas que ha protagonizado, ¿o sí? Veamos: ¿prepagó la gentileza de ese extraño?, ¿remó muy duro para que los colores del atardecer tuvieran ese tono ámbar tan fotogénico?, ¿pasó muchas noches sin dormir para que a ese humano irresistible le pusieran esos ojazos con los que lo mira? Y, a pesar de que todas esas bellezas pasan –y pasarán- sin nuestra intervención, cuando las estamos disfrutando y no nos cabe más alegría en el pecho, el cerebro (en su afán de sellar cualquier rendija por donde se pueda colar el sufrimiento), interrumpe el trance mágico en el que estamos con la pregunta más floja (y más arruinadora de momentos) que podemos hacernos alguna vez: “¿Con cuánto dolor voy a pagar luego por todo esto tan bueno?”.

La red es sólo por si acaso

 Si de verdad quiere lograr el plan A, ¡comience por dejar de acariciar el plan B! Esa es una artimaña del inquilino eterno de nuestra cabeza, el Autosaboteador de Metas, famoso por hacer lo que sea con tal de tener alguna sensación de tranquilidad. Fue él quien inventó eso de “Si el plan B no funciona recuerde que el alfabeto tiene muchas letras más”.

 

Cuando algo (o alguien), por fascinante que sea, se mantiene en la categoría de “enloquecedor”, “delicioso” (o como prefiera llamarlo) pero usted impide que adquiera estatus de “indispensable”, una sonrisita de seguridad se dibujará automáticamente en su rostro. Ya que hay cosas frente a las cuales no vale la pena desgastarse tratando de entender su por qué sino que basta con entender cómo son, esta reflexión es crucial para su felicidad: por alguna causa, mientras algo le importe demasiado, no le va a pasar o no va a durar. La vida suele apartarnos de lo que creemos imprescindible. Por eso es que a veces nos ocurren cosas positivas y nos decimos “Ah: ¡si esto me hubiera pasado hace 10 años, cuando tanto lo soñaba!”. Eureka: si le hubiera pasado hace 10 años, cuando tanto lo soñaba, con seguridad se habría enganchado.

Hija, como soy, de este sistema, tengo que admitir que en mi cabeza rondan todos los sueños del capitalismo de Adam Smith: me gustaría comprar una casa grande; tengo la suscripción a Vogue para soñar; por supuesto quiero el nuevo iPhone y claro que estaría encantada de pasar un fin de semana en el Ritz de París. La dinámica del bienestar capitalista es simple: usted da el dinero y a cambio se libera del pesar de tener lo mismo de siempre. “El encanto dura lo que dure el deseo. Y, cuando se desencante, tranquilo: le vendemos un sueño nuevo”. Impecable.

 

¿Guardamos una ilusión o estamos posponiendo un sufrimiento? El propósito de la existencia no es esquivar el dolor. El esfuerzo evolutivo de millones de años de nuestra especie no pudo haber desembocado en una misión tan parca como la de escurrírsele al sufrimiento. Entonces, ¿por qué a la hora de decidir (asuntos grandes y pequeños), nuestra apuesta fuerte es a ahorrarnos un nuevo pesar en lugar de apuntarle a una vida feliz? Resulta que al cerebro consciente le aterra la idea de sufrir.

 

¿Se ha hecho esa pregunta? (por favor detenga la lectura aquí unos segundos y conteste cuál sería para usted el premio gordo de la lotería de la vida antes de avanzar en el artículo): ¿ser millonario?; ¿tener el trabajo de los sueños?; ¿coincidir con su media naranja?; ¿zafarse de quien creyó era su media naranja pero resultó siendo su medio limón? Ojalá lo que tengo para decir hoy no le resulte decepcionante porque el premio mayor de esta lotería no vendrá desde afuera: el gran golpe de suerte será que en algún momento de su vida (o en muchos momentos de su vida, ojalá) la existencia de alguien sea mejor gracias a usted (gracias a su trabajo, a su amor, a su dinero, a su tiempo: a un poco de energía de la suya, pues).

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