El título real de este artículo debió ser “El Ego, el talón de Aquiles de los abogados grandes”, dado que la cuestión de base es la siguiente: antes que estar al día con las últimas reformas legales, los avances más recientes en la ciencia del liderazgo apuntan a que el atributo interno definitivo para liderar una firma de abogados es la humildad. Y ocurre que la humildad es un fenómeno relativamente exótico en nuestra profesión. Sí, humildad, que no consiste en tener una disposición incondicional a permitir que otros pasen por encima suyo, sino que, al contrario, se concreta en la virtud de conocerse; de saber cuáles son sus límites y de no necesitar ganar todos los casos, aparecer a diario en las noticias ni estar siempre en lo cierto para saber que usted es un abogado competente. La humildad, entendida como sencillez, puede ser el detonante de su éxito como líder -y de paso del de su oficina- porque le permitirá enfocarse en las cosas que son en realidad importantes.

 

 

¿Cuándo fue la última vez que estuvo con usted mismo? Para estarlo no hace falta mudarse al campo, irse a un retiro espiritual ni hacer nada muy raro; basta con que se le mida a parar un momento y a enfocar su atención en lo bien que se siente inhalar y exhalar; no más. Por supuesto en cuanto haya tomado unas tres respiraciones conscientes, el cerebro le va a reclamar: “¡¿Y jugando a no pensar vamos a solucionar todo?!”. No va a ser fácil pero le estoy hablando de arriesgarse a frenar y mirarse al ombligo porque ser capaz de estar a solas es un prerrequisito –en el rango de “indispensable”- para su felicidad.

 

 Pareciera que nos hacemos grandes cuando se nos incuba en el alma una urgencia por “querer llegar”. A ningún lado en particular pero de todos modos nos urge. Nos levantamos sintiendo que ya vamos tarde. Es un afán que se justifica por el afán en sí mismo y que nos hace sentir tan culpables si no estamos haciendo algo productivo que cuando nos queda un rato libre –leí en algún lado-, ya no sabemos si de verdad tenemos tiempo libre o si es que se nos está olvidando algo que teníamos pendiente de hacer.

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Si lo que menos tenemos es tiempo, ya no es tan cierto que “El tiempo es oro”: a juzgar por su escasez, las horas del adulto se cotizan por lo menos al precio del platino (o hasta del plutonio). La mayoría de nosotros se siente viviendo contra el reloj porque por lo general se pasa su vida trabajando. En ese estado actual de cosas el silogismo que rige la cotidianidad del humano en edad productiva hoy es simple: el 75% del tiempo que estamos despiertos lo invertimos en trabajar y las cosas que pasan en la oficina no se quedan allá sino que nos acompañan, como la sombra, hasta la casa (¡hasta la cama!); por lo tanto, vivir un infierno en el trabajo es prácticamente una garantía de vivir un infiernito personal.

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